Antes de tomar una ficha como referencia
Estas son las condiciones con las que trabajamos cada comparativa. Nada de lo que publicamos pretende cerrar el debate sobre qué app es mejor: solo aclarar qué medimos, qué dejamos fuera y hasta dónde llega lo que podemos afirmar.
Son catorce días de uso seguido con una cuenta real, no una demo ni un plan de prueba recortado. Si una herramienta limita funciones en su versión gratuita, lo anotamos y probamos también la versión de pago para no dejar el análisis a medias. Cuando el periodo se interrumpe por un fallo técnico, lo decimos en la ficha.
Ubicamos cada app en un rango A1 a C1 según lo que permite practicar y corregir, no según lo que promete su publicidad. Un nivel B1 en una tabla no equivale a un certificado: sirve para que sepas en qué punto te conviene empezar y qué esperar de la herramienta en ese tramo.
Cuando hablamos de tutores nativos descontamos saludos, revisión de tareas y minutos perdidos por conexión. Por eso el número que ves en la comparativa suele ser más alto que el precio anunciado. Es la cifra que de verdad importa si estudias después del trabajo y no quieres gastar en tiempo muerto.
Las pantallas que acompañan cada reseña salen de nuestras propias sesiones. No montamos imágenes de marketing ni recreamos interfaces. Si una app cambia su diseño después de la publicación, avisamos en una nota al pie en lugar de reemplazar la captura original.
Alguien que empieza en A2 aprovecha menos una clase de conversación que alguien en B2, y eso cambia por completo la recomendación. Por eso las fichas separan lo que funciona para principiantes de lo que rinde a niveles intermedios. No prometemos fluidez en plazos fijos: mostramos qué se puede sostener con veinte minutos diarios y qué no.
Los comentarios que compartes en cada ficha son bienvenidos y los leemos, pero no modifican la valoración hecha durante las dos semanas de uso. Si tu experiencia contradice la nuestra, la publicamos aparte y con tu nombre, sin mezclarla con el análisis técnico.